LA LOGICA ILOGICA
DEL PADRE: Mt 18,21-35
(el perdón o el absurdo del
siervo sin entrañas)
Daniel R. Landgrave G.
1.- INTRODUCCIÓN - PERDÓN
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En
muchas partes la inseguridad y el miedo son pan de cada día. Hemos aprendido a
desconfiar. Afinamos siempre más los mecanismos de defensa en muchas
situaciones y ante muchas personas. En el aire de nuestras relaciones flotan
diversas agresividades, abiertas y disfrazadas.
Nacemos
en una sociedad competitiva y de mercado. No entendemos la gratuidad. Todo es
compra-venta o recurso a los méritos. Tenemos que demostrar (o al menos
aparentar) que somos mejores o más fuertes o más sabios que los demás. Y no
importan los medios ni la ética. Lo importante es escalar posiciones de
prestigio, poder, riqueza. Este ambiente huele a las aberraciones del
super-hombre de Nietzche.
En
estas circunstancias, los de abajo,
los que no consiguen títulos o etiquetas de poder son vistos como basura, como
mediocres fracasados. ¡Debería existir solamente la gente hermosa, fuerte,
sana, inteligente, sin errores ni complejos!
Esta
descripción social que raya en el pesimismo es el retrato de una sociedad donde
el perdón está ausente. Perdonar es sinónimo de debilidad. Perdonar es ser
blandengue, es correr el riesgo de que te vean la cara de... Perdonar es
incómodo, es creer de nuevo en “los malos”. Y en este contexto parece ridícula
la exigencia evangélica de perdonar infinitamente.
Desde
pequeños, respiramos criterios como el “No te dejes. ¡Devuélvesela!...Si me
gritas, te grito...Yo no le hablo...Que me salude ella primero...Algun día me
la pagarás...”
Y en un
ambiente así, es fácil convertirnos en almacén de rencores y venganzas.
El
perdón puede estar ausente tanto en las intimidades del corazón como en las
leyes y actitudes que se respiran en las instituciones sociales y eclesiales.
Es frecuente clasificar a las personas con etiquetas inmóviles que impiden el
desarrollo armónico dentro de una convivencia social o eclesial.
Si
analizamos la realidad de nuestras familias, grupos, sociedades, comunidades
parroquiales o diocesanas, o, digamos simplemente, cualquier tipo de
interrelación humana, no es difícil llegar a la conclusión evidente de que no
es posible convivir sin el perdón. Es más, no podríamos vivir con nosotros
mismos sin saber perdonarnos. Es indiscutible que somos historias de barro,
somos personas envueltas en pecado. Aprendemos a través de las caídas y nos
levantamos por el perdón que es amor gratuito.
Y el
perdón no está reñido con el “hecho escandaloso” de nuestra dignidad herida por
las ofensas, ni es un oscurecimiento de la justicia. Creo que el verdadero
perdón aumenta la verdadera dimensión de nuestra dignidad y nos da el verdadero
sentido de la justicia, liberándonos de resentimientos o venganzas estériles.
Para
muchos, el problema del perdón no es teórico sino práctico. A veces sentimos
que queremos perdonar y “no podemos”. Necesitamos ejercitarnos en la praxis del
perdón y profundizar experiencialmente en la motivaciones que tenemos para
realizarlo. Hay infinidad de aspectos y mecanismos que pueden llevarnos a
considerar el perdón como un valor.
Este
pequeño artículo, iluminado por el texto de Mt 18,21-35 quiere insistir en el
perdón como característica esencial del discípulo de Jesús. Es el que sabe
perdonar con la lógica de Jesús. Es decir... ¡el que sabe amar!
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